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Archive for 28 abril 2012


A menudo solemos considerar, los adultos, que solo es tiempo bien aprovechado por los niños el que alimenta al intelecto, tachando de tiempo perdido el invertido en jugar, dibujar, fantasear. Asimismo, la actitud de leer es vista como un valor en sí y como medio de adquisición de cultura y conocimientos. Mientras, el aspecto de la lectura que permite encauzar, escenificar imaginariamente y hacer de vehículo a lo emocional, no suelen advertirse o contemplarse.

El juego es bien mirado y fomentado si es del tipo llamado pedagógico, es decir, con función de instruir y agilizar aptitudes. El mensaje que intentamos transmitir acostumbra ser: hay que aprovechar e invertir bien el tiempo, adquirir conocimientos, producir. No es mal mensaje, pero sí insuficiente en cuanto a que deja de lado, y no incluye, necesidades fundamentales del niño para su crecimiento personal. No entraremos a ver porqué los adultos tendemos a polarizar el objetivo ahí. Ello es otra historia. Centrémonos en esta ocasión en lo que en realidad ocurre por el lado del niño.
Esas “cosas de niños”, que muchas veces se nos antojan insustanciales, son las que dan paso a las “cosas de mayores”. No hay progreso sin descubrimientos, no hay descubrimientos o inventos sin la imaginación y el fantaseo. Y, esto vale para cualquier tipo o clase de progreso. ¿Dónde empieza la capacidad de hablar, pensar, de razonar, de crear? Pues, justamente allí donde residen la Fantasía, el Deseo y la capacidad de Simbolizar.
En el ser humano, todo parte y arranca de la infancia y “sus cosas”. El niño es el futuro adulto y el adulto es fruto de las vivencias del niño. La niñez es algo más que una serie de acontecimientos perdidos o descoloridos ya en la memoria; es algo impreso y presente en lo que somos, nos lo parezca o no.
Desde el comienzo de la vida el sujeto tiene que enfrentarse con un gran abanico de sensaciones y sentimientos. Tendrá por delante la tarea de aprender a manejarlos, afrontarlos, asumirlos y desarrollar defensas y recursos psíquicos. Habrá de aprender a manejarse no solo con lo que le sucede, sino también, con lo que le suscitan las situaciones. Unas sensaciones serán negativas, otras placenteras; unos sentimientos se percibirán como rechazables o peligrosos, otros conflictivos y contradictorios. Algunos de los difíciles a afrontar serán: miedo, cólera, celos, envidia, agresividad, angustia, pérdidas, frustración, tristeza, impotencia… Ponerles palabra, asumirlos como propios y deslindarlos es una ardua tarea (siempre lo es, aunque seamos ya adultos), y para ello tiene el recurso del juego, la fantasía, los cuentos, el dibujo… (el adulto domina la palabra, tiene otros medios). Desde ese plano, lúdico e imaginativo, exteriorizándolo en objetos e historias, podrá tomar distancia, dominarlos, manejarlos una y otra vez, darles vueltas y “darles la vuelta”. Son su trabajo, son sus “cosas de niños”, son sus herramientas en la tarea de crecer como persona. Por eso, espontáneamente, desde que se asoman a este mundo que tienen que descubrir y entender, los niños, juegan y fantasean. Juegan con juguetes o transformando lo que
tienen a mano en juguetes. Escenifican sus fantasías, sus deseos, sus sueños, sus afectos, sus inquietudes,…
Es su forma de gestionar psíquicamente y aprender a vivir, mientras, además, buscan su identidad y su propio camino como persona. Cada actividad lúdica tendrá matices especiales, posibilitando dar salida y encauce a diferentes aspectos emocionales. En el dibujo, por citar alguna, encontramos, a parte de la expresión de todo lo anteriormente mencionado, la búsqueda de dejar huella.
Muchas veces los adultos, niños que ya crecimos, miramos todo ello desde nuestra atalaya sin ver. Sin ver, porque lo hemos olvidado (ha pasado al “disco duro” si se me permite esta metáfora), que los contenidos que, por ejemplo, están en los cuentos que nos piden que les contemos o que repitamos una y otra vez, son los que están tratando de entender, elaborar y dominar. El cuento, a través de la fantasía, como el jugar o dibujar e inventar historias, abre la puerta a la identificación de las emociones.
El niño necesita cómplices para su crecimiento, que acepten que “pierda” (gane) el tiempo con cuentos, tebeos, juegos…con sus importantes y sustanciales “cosas de niños”, cuyo valor no se distingue bien porque actúan de modo subterráneo, interno, a largo plazo, en el marco de la educación y el desarrollo, no sólo del intelecto sino, global de la personalidad.
Un niño que está jugando, hablando con sus juguetes, escenificando sus guiones de fantasías, dibujando, modelando, escuchando o leyendo un cuento, está trabajando en el proceso de su desenvolvimiento interno. Reconocerlo y respetarlo es reconocer y respetar una necesidad. Cuando es así, el niño recibe el mensaje de que él y sus intereses merecen consideración. El pequeño, mientras lleva a cabo esas ocupaciones, también aprende, ejercita su capacidad de concentración, crea, pone en marcha la elaboración de lo que descubre en sí y en su entorno así como de lo que le suscita conflicto o temores. Por eso los psicoterapeutas utilizamos esas mismas herramientas como instrumentos y vía de acceso, tanto para el conocimiento como para tratar los padecimientos y problemáticas de los niños.
A cada edad habrá unos intereses y unas necesidades diferentes en lo tocante al ámbito de lo emocional y eso se reflejará en sus manifestaciones lúdicas. La exploración del entorno, la curiosidad sobre las cosas y los demás, los deseos, los temores, las frustraciones, la búsqueda de alivio de lo que impacta o contraría, lo que cuesta asumir, los conflictos que surgen la relación con los demás… estarán siempre de fondo como promotoras de esas actividades espontáneas. Ante un niño que no siente interés en estas actividades hemos de preguntarnos por qué, pues puede ser indicativo de una dificultad y necesidad de ayuda.
Las “cosas de niños”, como se ha subrayado, son toda una tarea de gran calibre para el desarrollo en general y de la vida psíquica muy especialmente; no son ni estériles ni insustanciales, como a veces puedan parecernos. Por lo tanto, como padres hemos de darles el lugar que les corresponde a esas “cosas”, propiciando que ese tiempo lúdico, ese tiempo propio, libre y no pautado, donde ponerlas en marcha, pueda tener cabida en su día a día.
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* Sobre la autora: Iluminada Sánchez García es psicóloga-psicoterapeuta, psicoanalista; docente de la Asociación Escuela de Clínica Psicoanalítica con Niños y Adolescentes de Madrid; codirectora de la revista digital En Clave Psicoanalítica; colaboradora de la Cadena Ser (Radio Castilla – Burgos) en un espacio sobre psicología y salud psíquica del niño y del adolescente. Coautora del libro “El Quehacer con los Padres” (HG Ediciones, 2010; coautoras: Ana María Caellas y Susana Kahane).

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Una de las mayores causas de insatisfacción y puede que de preocupación paterna que se nos expresa casi a diario a los que nos encargamos del trabajo con niños, es “nuestro hijo es ingobernable”. La queja abarca distintos ámbitos: “no come, no duerme, y si se duerme después de grandes esfuerzos, se levanta de madrugada y a partir de ahí, ya no hay quien descanse; se viene a nuestra cama, coge grandes berrinches si no consigue lo que quiere”. Algunos pegan, otros muerden – incluso a sus padres. La lista es larga, y estamos hablando de lactantes, de niños que aún no andan, o que están haciendo sus pinitos con la marcha, con la alimentación, con el lenguaje y con el encuentro con los otros. Vidas que están empezando. A medida que pasan los años, la insatisfacción por parte de los padres aumenta: “no recoge sus cosas, no se sienta en la mesa, se queda pegado al ordenador, la hora de vestirse es una pesadilla”…..
Encontramos padres agobiados, desorientados, en busca de la receta mágica que haga que se cumpla esa imagen que todos tienen acerca de la paternidad: un bebé ideal que duerme tranquilo en su regazo, que mama beatíficamente y que se tranquiliza sólo con abrazarlo, dejándoles la sensación de que lo están haciendo bien como padres. ¡Tenemos todos tantas ganas de hacerlo bien con nuestros hijos! Pero no parecemos ser capaces de encontrar la fórmula que nos permita satisfacer sus demandas y al mismo tiempo lograr que acepten que no todos sus impulsos se pueden satisfacer, que hay límites. Muchos de nuestros chavales están desorganizados; no han establecido los ritmos necesarios para afrontar el inicio de sus vidas: ritmos de sueño, horarios de comida, el reconocimiento de que hay cosas que no se pueden hacer y que tienen que confiar en que hay alguien que si sabe lo que es conveniente, que les protege y les previene de posibles daños.
Por un lado, no queremos caer en situaciones autoritarias – puede que nos digamos que ya tuvimos bastante de eso en nuestra infancia -, y por otra parte, parece que se nos hace difícil poder ejercer la autoridad que como padres nos permitirá ofrecer a nuestros hijos un ambiente que les ayude a encauzar sus impulsos y que también les permita ejercer su creatividad y crecer en libertad. A menudo hay una cierta confusión entre autoridad y autoritarismo, que provoca que los padres emitan mensajes poco claros, y se sientan tiranizados por sus hijos, puesto que éstos están constantemente buscando y probando hasta donde pueden llegar, con lo que al final todos terminan exhaustos. Los niños porque necesitan que en algún momento alguien diga claramente esto si o no; y los padres, porque terminan cediendo por su temor a crear conflictos o berrinches. En realidad, lo que establece una dinámica difícil es precisamente querer evitar ese lugar de autoridad y esa función limitadora, que es algo inherente y fundamental de la función de los padres.
La espiral de las dificultades en la relación con los chavales puede empezar muy temprano; casi desde bebés, y lo que en principio es un conflicto que tiene que ver con la dificultad que muchos papás tienen a la hora de establecer los primeros ritmos cotidianos del recién nacido: ritmos que tienen que ver con sus necesidades
fisiológicas y también emocionales – de alimentación, sueño, aseo, contacto físico, palabras, afecto, juego -, con los años se va convirtiendo en dificultad para poner límites.
Esto es algo que no empieza en el momento de decir no a un niño, cuando ya tiene el lenguaje, la marcha, y cuando ha aparecido el oposicionismo de los dos años, sino que tiene que ver con todo un proceso que se inicia mucho antes. Cuando nacen, los niños no tienen una noción de sí mismos. Durante nueve meses han sido uno con mamá, y al nacer, comienzan un nuevo desarrollo que no solo es fisiológico sino también psíquico y de formación de una identidad. Mientras estaban en la tripa había toda una serie de funciones que cumplía el cuerpo de la madre. Nacen, y tienen que respirar por sí mismos, empiezan a tener sensación de hambre, calor, frío… es un paso de gigantes. En esos primeros momentos, el niño gestiona todos los estímulos (los internos – hambre, dolor, angustia, y los externos – frío, calor, ruido), a través del cuerpo. Funcionan con mecanismos muy sencillos. Si están tranquilos, sin estímulos externos o internos que produzcan sensaciones desagradables, están sosegados, dormidos, o con pequeños momentos de juego y exploración. Si hay algún estímulo o sensación – interno o externo – que no pueden ni entender ni solucionar producen una descarga, que nosotros vemos en forma de llanto y pataleo. Es su forma de expulsar la sensación desagradable. Es mamá la que toma las riendas para solucionar estos momentos, es ella la que pone palabras al malestar cuando, por ejemplo, dice “tienes hambre”, “te duele la tripita”, “tienes calor”, “tienes frío”. Mamá le pone palabras a lo que le pasa, hace lo necesario para eliminar el malestar, y logra que se regrese a la situación de sosiego.
Ahora bien, al principio los niños no tienen mucha noción de que ese que les cuida y elimina la sensación desagradable sea alguien distinto de ellos. A medida que van madurando y se van repitiendo las situaciones de malestar / solución / sosiego, los niños van aprendiendo a esperar a que las situaciones desagradables desaparezcan. Saben que hay alguien – que poco a poco van reconociendo como distinto – que lo va a solucionar.
Al inicio, es mamá o el mundo adulto, con las situaciones repetidas, con los ritmos de alimentación, sueño, baño, juego, presencia, ausencia, con las palabras que pone a lo que le pasa y sobre todo con esa comunicación no verbal que permite a mamá “saber” lo que le pasa al chico, lo que va facilitando que su entrada en el mundo se vaya organizando en una serie de situaciones ya conocidas y repetidas que lo van estructurando y que van permitiendo que las descargas – esos gritos y llantos que son su manera de decir “fuera el malestar”, – puedan ir conformando la capacidad de espera y confianza en el final del desasosiego, aunque no sea de inmediato. Por tanto, una de las primeras funciones de las madres es hacer de filtro de las excitaciones que su bebé no puede manejar. Hacia el octavo mes, los bebés ya tienen noción de que son alguien separado de mamá, que ella no está siempre ahí para cumplir sus demandas, que aparece y desaparece, pero que con los ritmos establecidos que le permiten anticipar, también fomenta que la espera sea más tolerable.
En este momento, mamá es lo más importante en el mundo, y el bebé tiene la sensación de que él es el centro del mundo de mamá, que es el rey del universo. Poco a poco se le va pidiendo que haga ciertas renuncias. Primero al pecho, o la situación de contacto cercano con mamá que también supone el biberón. Luego hay que pasar al puré y de ahí al sólido. Hay que abandonar la habitación de los papás, luego el chupete y el pañal, y por último tiene que abandonar la sensación de que es lo único en el mundo para mamá. Poco a poco va experimentando que mamá tiene otros intereses: papá, los hermanos, amigos, el trabajo, etc. Esos son los primeros noes
que va recibiendo el niño. Son pérdidas que conllevan una ganancia, si logramos que cada cambio tenga un aspecto gozoso: los nuevos sabores, el placer de comer cosas nuevas, la ejercitación de sus nuevas habilidades, el placer de investigar con la marcha, el placer de ser mayor con el abandono del pañal. Si, grandes ganancias para su crecimiento y desarrollo que conllevan una serie de renuncias, con las que les hemos estado diciendo: esto ya no. Esos son los primeros límites, aquellos que le permiten ir resquebrajando esa sensación de ser el rey del universo, que en su momento cumple una función fundamental para la estructuración psíquica, pero que es más importante aún que gradualmente pueda abandonar.
Esta pequeña historia evolutiva es para hacer hincapié en algo que me parece fundamental: los límites, el “esto no se hace”, comienzan mucho antes del momento de los berrinches y pataletas; estos al fin y al cabo son también como aquellas señales de malestar que antes se mencionaron. Todos los papás quieren lo mejor para sus hijos, pero a veces es tan difícil para las familias actuales abordar y mantener – aún con una cierta flexibilidad – todo ese proceso de renuncia y ganancia. La vida tiene grandes exigencias para la pareja parental: trabajar fuera de casa, lo que implica salir temprano, dejar a los niños en la escuela infantil, y después de un arduo día de trabajo, pasar a recogerlos para luego encargarse de las tareas de la casa. La vida a veces puede parecer un correr constante. Y por otra parte, con el poco tiempo que se está con ellos, y son tan pequeñínes….total por una vez… más. Y como el anuncio ese de la tele, el total es lo que cuenta, y a todos, – papás y niños – a veces se les hace muy cuesta arriba mantener todo ese proceso que es de crecimiento pero también de renuncia.
Además, los padres tendrían que preguntarse qué les pasa a ellos mismos con respecto a ciertas conductas de sus hijos; por qué hay algunas que se pueden manejar sin mucha dificultad, y por qué hay otras que les desbordan viéndose tiranizados por chavales de dos años. El niño que chilla y patalea está, igual que el bebé que lloraba desesperado cuando no sabía lo que le pasaba, descargando un malestar; con una sensación que desde fuera se percibe como dispersión; de bebé si había alguien que “sabía” lo que pasaba y ponía fin al malestar con soluciones, palabras, abrazos, contención física, ¿por qué no se puede hacer lo mismo cuando tiene tres o más años?
A veces se nos hace difícil adecuar la función de poner límites según el niño va creciendo; no es lo mismo el lactante apegado a los papás, que el deambulador que corre orgulloso ejercitando sus nuevas habilidades, o aquél que descubre la maravilla del lenguaje, o el adolescente que intenta encontrar su propio yo, pero siempre será necesario que esa función limitadora esté presente, aún adecuándola a cada momento vital, porque los límites tienen varias funciones:
• Protegen. No hay niño que no vea el límite como una restricción; pero al mismo tiempo, los límites claros y conocidos generan una sensación de protección y seguridad. Es curioso como todos los padres tienen clarísimo que no van a dejar que su chaval meta un dedo en el fuego …. pero luego, que difícil resulta delimitar claramente que hay cosas que no puede hacer.
• Socializan. El que los padres puedan hacer respetar las normas que regulan las actividades cotidianas hace que los niños comprendan que existen estructuras, que todo no da igual. Los niños van internalizando las “reglas del juego” de la sociedad.
• Ayudan a los chicos tolerar la frustración. La niña que exige a gritos que se le atienda de inmediato, o el chaval que quiere un juguete ya mismo, si aprenden
a esperar y a renunciar, también están renunciando a la idea de que es o que sus padres son omnipotentes. Esto es ponerlos en contacto con la realidad. La tolerancia a la frustración es indispensable para desarrollar buenas herramientas emocionales para funcionar en la vida, más allá del berrinche y del “lo quiero ya”.
• Estructuran el mundo interno. Les sitúan internamente en su lugar de hijos; es decir, el lugar que les corresponde en relación a los padres, dentro de la configuración familiar.
¿Y qué hacer con los que ya tienen dos años y han establecido –entre ellos y sus padres – una forma de interacción distorsionada alrededor de temas como la comida, el sueño, o el dormir en su habitación? Pues armarse de paciencia y deshacer lo andado. Replantearse donde los limites se están difuminando, produciendo confusiones y conflictos. Confusiones en cuanto a los lugares que corresponden a cada uno de los miembros de la familia, y conflictos que se repiten por el hecho de no marcarse con claridad las fronteras de las conductas, al modo en que decimos no a meter los dedos en el fuego.
Es cierto que los niños atraviesan por una edad en que los berrinches, el no, el enfrentarse, forma parte de su crecimiento, de su formación como persona. Pero es importante poder discriminar entre lo que es un ejercicio de la autonomía naciente por parte del chico, y lo que es intentar ocupar un lugar que no le corresponde, que en el fondo tampoco quiere ocupar, y que en cualquier caso es necesario para su desarrollo que no ocupe.
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* Sobre la autora:
Freya Escarfullery es psicóloga, psicoterapeuta psicoanalista, miembro de la Comisión Directiva de la Asociación Escuela de Clínica Psicoanalítica con niños y Adolescentes de Madrid, docente y supervisora del profesorado en las escuelas infantiles Talín, Tamaral y Altamira de Madrid, co-directora y coordinadora de la revista digital En Clave Psicoanalítica.

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 Crecer es una tarea y no de las más fáciles. El crecimiento conlleva dos vertientes que se entrelazan: el cuerpo y la mente. En el crecimiento físico todo viene dado, como orquestado en una limpia secuencia por un director invisible. El milagro o magia de la vida biológica tiene esa automatización que se desencadena y camina según su programación si nada lo altera o detiene. Pero… el hacerse persona no viene dado y es un trabajo de equipo. La vida brota de la unión de dos células especiales y preparadas a tal fin. Se necesitan dos -al menos hoy por hoy-. De la conjunción de dos surge un tercero (1+1 = 3) tras un periodo de gestación.

El parto es un hito en la trayectoria donde se cambia un medio por otro y el cordón umbilical por un vínculo afectivo, relacional. Desde la unión umbilical se hace posible la recepción imprescindible que permitirá al fruto-ser hacerse hasta que llegado el punto de madurez apropiada busca el camino del desprendimiento y la salida del claustro materno. Y sigue la trayectoria, que a partir de ahí se hace más compleja aún. Hasta entonces el cordón era transmisor de alimento e intercambio vital y ahora es cortado, desechado por innecesario puesto que el nuevo ser posee sus propios medios para lo que era utilizado, posee sus propios pulmones y aparato digestivo. En eso ya es autónomo. Se ha completado un tramo fundamental. Pero quedan otros de igual valor. Dejado está un confort único, una protección inigualable, una situación que ya nunca volverá a tener. No había ni hambre ni sed, ni frío ni calor, de nada se sentía falta. Ha crecido, ha cambiado, ha ganado y también se ha despedido del espacio que le cobijó y colmó durante nueve meses. Del mismo modo, la madre se despide de una situación única con ese hijo. Se despide de llevar a su bebé dentro. Es la primera separación.

El padre, al igual que madre e hijo, habrá de hacer reajustes emocionales. Los tres participan de una nueva situación. Cada uno de los padres, tendrá una función, distinta una de otra, e imprescindible cada una de las mismas. El nuevo integrante, la labor de hacerse con el aprender a vivir. En el abandono del lugar que se le hizo pequeño, el nuevo ser atraviesa un estrecho canal, la vida le impulsa a ello; sigue su curso vital. El aire entrará por primera vez, estrena su fuelle pulmonar y duele; las pupilas reciben la luz deslumbrante, la piel percibe contactos, tactos, roces, temperaturas cambiantes… Surge la primera sensación de desprotección, los efectos de la fuerza de la gravedad con la impresión de poder caer… El llanto es su único recurso expresivo y con ello dice todo esto. Todos los canales sensoriales se inauguran, todo es sensación que se cataloga de placer o malestar. El placer será el cese del malestar y viceversa.
Al encuentro de esta indefensión y desconocimiento de todo, incluso de sí mismo, sale al paso alguien a quien hacia el año llamará mamá. Alguien con quien tejerá un vínculo afectivo primordial. Primero le prestó un espacio en el propio cuerpo y dependiente y unido al cordón umbilical se constituyó su ser, ahora se le “prestará” el psiquismo para que se constituya su propio aparato mental también. Se le dará un lugar en los pensamientos, en los sentimientos, en la casa, en la familia. Se le interpretarán sus llantos, sus gestos, sus sonidos, sus muecas, es decir, se le prestará un sentido verbal a lo que el bebé expresa desde lo no verbal. Paradójicamente se crece y se gana la autonomía desde la dependencia. El calor de los brazos maternos será el lazo que ata a la vida tras la separación fisiológica. Madre e hijo se mecen en una atadura trascendental; atadura por la cual circula la savia afectiva, la savia de la vida emocional, de la vida que da sentido al ser. Esa primera atadura amorosa, donde la madre será la mediadora e interprete, será un referente para siempre. En esa relación cuajada de comunicación no verbal, pero siempre rodeada de palabras, el mundo y él mismo irán adquiriendo sentido. Cada llanto será interpretado, traducido, sea o no contestado. “Pobrecito mío, tienes hambre, ya va, ya va… aquí está tu comidita”, “ay, mi tesoro, que revoltoso eres, que impaciente”, “ven que te abrigue que tienes las manitas frías”, “ya… ya… no llores más, chiquitín; ya pasó, ya, ya…”. Palabras que calman, que aseguran, que dan confianza, que alivian, que dan sentido, que dan calor y borran la fría angustia, o rabia, o miedo, o malestar, o… Palabras que hacen creer que lo malo pasa y es soportable y que luego lo bueno llega. Palabras que impiden la desesperación y, que también, van a ir mostrando que hay un tú y un yo; que producen la imagen, el emerger y la confirmación del sí mismo. Palabras, en definitiva, que el nuevo ser irá haciendo suyas, acuñando y así construyendo la propia capacidad de consolarse y alentarse cuando la madre no esté presente en futuros momentos y etapas de su vida. Pero del mismo modo que hubo de desprenderse del cordón umbilical y abandonar un terreno conocido para adentrarse en otro nuevo donde poner en marcha lo adquirido, tendrá que seguir y no es posible seguir estando atado. El camino espera. Sus nuevas conquistas también.

Habrá de soltarse paso a paso del dulce regazo materno para abrazar nuevos amores. Para esta tarea, ardua y deseada a la vez, necesitará un tercero que abogue por ese desprendimiento. El papá será un ayudante en el cortar ese cordón tan especial que ya no es útil cuando el niño va adquiriendo posibilidades de autonomía. Lo hará reivindicando su lugar en la pareja, “re-seduciendo” a su mujer inmersa en el amor y atenciones al hijo; poniendo fronteras a esa forma de vinculación, de la madre con su hijo, que ha de ir cambiando y progresando, pasando a una relación desprovista del apego y dependencia absoluta, siendo más acorde con la condiciones alcanzadas. La función del padre será de un valor inestimable para el curso del crecimiento.
Se producirá una nueva y necesaria despedida. Cada nuevo paso hacia la autonomía es un alejamiento de la dependencia-atadura inicial y una bienvenida a la apertura y despliegue de posibilidades. El mayor tesoro, la mejor dote que se le puede ofrecer a un ser es la de ayudarle a encontrar su autonomía habiéndole prestado la dependencia necesaria. Madre, padre e hijo. El dos se hizo tres, y cada uno de los tres tiene su parte en la compleja y hermosa tarea que se traduce en que un nuevo ser conquiste un lugar propio, una identidad propia y la propiedad de sí mismo. Ganar y perder es la dinámica de todo progreso. Para ganar se ha de perder. Todo paso adelante deja algo atrás, entraña cambio y, por lo tanto, despedida. Ese es el peaje del crecimiento y su tarea en buena parte consiste en elaborar lo que se pierde para que se traduzca en posibilidad de avance y ganancia. Es todo un trabajo psíquico (para los tres componentes), que como toda tarea puede tropezar con dificultades. Crecer es una tarea amplia, compleja, fascinante. Entre sus múltiples aspectos hay algo que se repite inexorablemente: cambios, reajustes, despedidas que incitan y abocan a la construcción de recursos psíquicos; como aquel que se ve obligado a fabricar o buscar herramientas para las nuevas labores que le van surgiendo.

A lo largo de la vida, en cualquier etapa, son muchos los cambios y las sensaciones de pérdida que reeditan, por así decirlo, las separaciones primigenias. El inicio de la escolarización, cambio de colegio, de casa o ciudad, el paso a la Universidad, las rupturas amorosas, cambio de trabajo… El dejar lo conocido, los vínculos, lo familiar… Los desprendimientos siempre ponen en primer plano la sensación de pérdida, al menos temporalmente, y la necesidad de reajustes emocionales, adaptaciones a los cambios. El proceso de desarrollo en sí es un proceso de cambio continuado que pone en juego la puesta en marcha de la construcción de nuevos recursos para afrontar la vida y las relaciones. De este modo se entiende que puedan surgir dificultades frente a los mismos. No siempre se está presto para un nuevo paso cuando el anterior ha sido difícil; surgen tropiezos en la andadura del crecimiento interno. Así, en ocasiones lo complejo de dicho proceso se hace más arduo y el niño necesita la comprensión y ayuda de sus padres y la del especialista. * Sobre la autora: Iluminada Sánchez García es psicóloga-psicoterapeuta, psicoanalista; docente de la Asociación Escuela de Clínica Psicoanalítica con Niños y Adolescentes de Madrid; codirectora de la revista digital En Clave Psicoanalítica; colaboradora de la Cadena Ser (Radio Castilla – Burgos) en un espacio sobre psicología y salud psíquica del niño y del adolescente. Coautora del libro “El Quehacer con los Padres” (HG Ediciones, 2010; coautoras: Ana María Caellas y Susana Kahane).

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